Alexandre Exquemelin, un médico entre piratas. Bucaneros y filibusteros del siglo XVII


A continuación, un extenso trabajo (más de 30 folios) sobre el apasionante mundo de la piratería americana.  Alexandre Olivier Exquemelin, el que fuera el cirujano de a bordo de varios de los más temidos piratas del siglo XVII, es el testigo que más datos ha aportado a la historiografía moderna sobre este fenómeno. Un testimonio que a la vez que a sido fuente secreta de  la mayoría de autores de este género literario es todavía un gran desconocido para el público.

Se trata de uno de esos trabajos que no me gustaría que cayeran en el olvido, elaborado a cuatro manos entre  mi compañera de estudios Mireia González y un servidor.  Así pues, y con el consentimiento de  la otra parte, aquí lo dejo publicado para quien le pudiera interesar. A pesar de que ya han trascurrido unos años,  en calidad de coautor, no he querido cambiarle ni un punto ni una coma del original.

ALEXANDRE EXQUEMELIN, UN MÉDICO ENTRE PIRATAS. BUCANEROS Y FILIBUSTEROS DEL SIGLO XVII (Joan López y Mireia González)

Índice

1. Introducción: ¿Por qué “una de piratas”?

2. La Obra de Exquemelin, su difusión y el misterio del doctor de la Buena Maison

2.1. El contenido de su obra

3. ¿Quién fue Exquemelin?

4. Introducción a la piratería

4.1 ¿Qué es un pirata?

5. Bucaneros y filibusteros

5.1 Bucaneros

5.2 Filibusteros

6. La Isla Tortuga

6.1 La etapa de Elías Watt

6.2 La etapa de D’Orgeon

7. La Cofradía de los Hermanos de la Costa

8. El Olonés

9. Herny Morgan

9.1 Ataque a Panamá

10. Bibliografía.

1. Introducción: ¿Por qué “una de piratas”?

Seguramente habrá quien opine que la Historia abarca principalmente la economía, la sociedad, la política y las instituciones, mientras que hablar de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, así como de bandoleros o pistoleros, es frivolizar con la Historia. Se cree  que son relatos que deberían quedar relegados al mundo de los cuentos infantiles o  las novelas de aventuras, pero no como objeto de trabajos científicos.

Sin embargo, el fenómeno de la piratería americana, como el de otros anteriormente mencionados, obedecen  a unas  condiciones sociales, económicas y políticas concretas, y a la vez muy complejas, tanto en el Nuevo Mundo como en la Vieja Europa.  Hay que bucear en ellas y profundizar bien para llegar a conocer a fondo el fenómeno de la piratería: cómo surgió, cómo se desarrolló, y de qué manera influyó en el desarrollo de las condiciones anteriormente mencionadas, sobre todo debido al comercio que se creó en torno al saqueo de ciudades, barcos y al tráfico de esclavos.

Otro aspecto no menos importante para la historiografía es que sin duda se trata de un tema que, al formar parte de nuestro imaginario colectivo, nuestros juegos infantiles y nuestras fantasías, siempre será interesante y ameno de tratar. A pesar de esto, existe el peligro de ver cómo inevitablemente pueden caer muchos mitos, al comprobar que tras todos esos ideales “libertarios” con que algunos románticos han envuelto la figura del pirata, se esconde una brutalidad que nada tiene que ver con la imagen que nos trasmite, por ejemplo, el poema de la canción del pirata y otras obras populares.

Consideramos que  es un tema que por sí sólo, a través de sus protagonistas y sus acciones, puede despertar nuestra curiosidad e incentivarnos a investigar qué fue lo que movió  a estos hombres  a abandonar sus hogares y dedicarse a piratear en otro continente, teniendo que adentrarnos para ello inevitablemente en el mundo de la economía, la sociología, las instituciones, la política e incluso la filosofía. En este trabajo pretendemos conjugar todos estos elementos.

Para explicar el fenómeno de la piratería americana del siglo XVII, nos hemos apoyado y centrado en uno de sus testigos principales. El que fuera el médico de a bordo de varios de los más temidos piratas de la época.

2. La obra de Exquemelin, su difusión y el misterio del doctor de la Buena Maison

Sobre la historia de la piratería americana, probablemente no haya obra más influyente, completa y a la vez desconocida que la de Alexandre Olivier Exquemelin, publicada en Amsterdam en 1678[1]. La razón por la que su obra es tan poco conocida, a la vez que seguramente ha sido fuente secreta de los novelistas del género de la piratería que tanto han influido en la mitología de nuestra infancia, es porque se trata de un texto que no ha sido reimpreso en tiempos modernos hasta la publicación de su versión inglesa en 1969[2]. Así pues, se trata injustamente de un libro prácticamente desconocido en nuestro mundo literario.

Esta publicación, al igual que la versión francesa de 1686[3], proceden directamente de la versión española del doctor de la Buena Maison[4], publicada en 1681 y supuestamente traducida directamente del flamenco original de la obra. Dicho original se encuentra extinguido. En cambio, la traducción del doctor de la Buena Maison se trata de una publicación escrita en el español de un relativamente hispanohablante que no sentía ninguna devoción por la gramática. Según Carlos Barral[5], editor de la publicación de 1999, da la impresión de haber sido dictado en francés a alguien que lo transcribiese al castellano a vuelapluma. Según él, la sintaxis es descaradamente francesa y está plagado de barbarismos.

Pero el misterio de la obra de Exquemelin no termina aquí. La mala calidad de su traducción y la dificultad de su lectura no solo explican su escasa difusión, sino que esto sumado al contenido del prólogo del traductor, nos abre numerosos interrogantes sobre la verdadera identidad del doctor de la Buena Maison.

El texto es, a pesar de todo, fresco y directo, no es difícil imaginar los acontecimientos  relatados en boca del protagonista, y dado lo poco que se sabe de Exquemelin en la época en que vivió en Europa tras abandonar la piratería, y del propio doctor de la Buena Maison, así como la hipocresía manifiesta en el prólogo del traductor y las adulaciones a la corona española, hace pensar, tal y como indica Carlos Barral, que posiblemente tras esta traducción se encuentre el propio Exquemelin, al menos en grado de coautor.

No obstante, de la Buena Maison  explica que su traducción fue complicada debido a que el autor era “hombre común, muy noticioso, pero de mal trabados discursos, según los mismos flamencos que lo leen en su lengua…”. También señala su voluntad de hacer obsequio a un curioso y patriótico amigo, motivo difícil de interpretar si éste no fuera el propio Exquemelin. A esto hay que sumarle sus constantes adulaciones y un permanente tono de excusa frente al deslucido papel de las armadas y las guarniciones españolas que aparecen en el texto, así como olvidos políticos, tales como la confesionalidad religiosa de los piratas. Parece ser que de alguna forma trataba de ganarse los favores de la corona española. No en vano, el título de la obra al ser traducida es “Luz en la defensa de las costas de Indias e islas españolas de América”, y advierte, por si el título no fuese suficientemente esclarecedor, que su primera intención es explicar a “todos los vasallos de su Majestad la Católica las partes más flacas y necesitadas de remedio de aquella parte del orbe”.

Carlos Barral fue quien editó en 1999 la versión española del libro de Exquemelin con el título Bucaneros de América, adoptando una solución intermedia entre la corrección ortográfica y sintáctica y el respeto a la versión del doctor de la Buena Maison. Más tarde, publicó otra edición  con el título de El médico de los piratas: piratas de la América y Luz a la Defensa de las Costas de Indias Occidentales donde utiliza un lenguaje más inteligible pero donde respeta el título original de la primera edición en castellano.

2.1 El contenido de su obra

Alexandre Olivier, debió poseer un extraordinario talento de observación y una prodigiosa memoria, pero también debió ser alguien con una excelente preparación intelectual que se trajo consigo, a su regreso a Europa: cartapacios llenos de datos y observaciones de los que no se habría separado durante años y que sobrevivieron milagrosamente a naufragios y abordajes. De lo contrario, difícilmente nos pudo proporcionar datos tan precisos sobre contabilidad militar, las cuentas de cañones y calibres de cada navío o fortaleza, o las cuentas de los bienes repartidos, según los pactos de las capitulaciones de matelotage[6].

Por otra parte, sus observaciones de carácter geográfico, su curiosidad de naturalista y sus observaciones antropológicas revelan a un hombre de cultura. Las noticias que nos da Exquemelin de instituciones, costumbres, armas e instrumentos de pueblos que en su tiempo estaban ya en fase de extinción constituyen datos de interés para la antropología moderna.

En la primera parte de la obra, nos relata su partida hacia el Poniente Americano en servicio de la Compañía de las Indias Francesa. También nos habla de la compra y venta de esclavos. Exquemelin, en su calidad de engangée no duda en identificarse como un esclavo. Esta primera parte contiene también una exhaustiva descripción de las islas La Española, Tortuga y Jamaica. Describe frutos, animales, y políticas de sus habitantes, costumbres, guerras, etc.

En la segunda parte nos menciona el origen y auge de los piratas franceses e ingleses: su modo de vivir, costumbres, juramentos de fidelidad, las primas que cobran los mutilados y heridos, las crueldades cometidas y las acciones de piratería contra los españoles.  Aquí es donde nos narra la vida de los dos piratas más importantes a los que sirvió como cirujano de a bordo: Francisco Lolonois (El Olonés) y Henry Morgan.[7]

En la tercera parte, nos proporciona la descripción de lugares de tierra firme, nos narra las invasiones de diversos lugares y plazas de la parte septentrional de América por los franceses de Tortuga y los ingleses de Jamaica, capitaneados por el intrépido Henry Morgan y habla también de las relaciones de los piratas con los indios. Pero lo más destacable, es que nos proporciona las únicas crónicas existentes, escritas por un participante y testigo directo, de uno de los capítulos de la piratería americana más destacables: la conquista, saqueo e incendio de la ciudad de Panamá.

Finalmente, el autor ha añadido una pequeña obra, que es relación del poder, riquezas, gobierno y rentas que el rey de España. Carlos II, tenía en aquellos momentos en América.

La escritora mexicana Carmen Boullosa[8] (Ciudad de México, 1954) ha escrito varias novelas basadas directamente en la vida de este personaje, y algunas novelas más cuya fuente de información e inspiración ha sido claramente la obra de Alexandre Olivier, como Duerme (1995) donde narra la vida de una mujer que haciéndose pasar por hombre para abandonar una vida de prostitución, huye de Flandes hacia la isla Tortuga e ingresa en la hermandad de la costa. En esa novela se refleja con toda su crudeza y brutalidad la vida cotidiana de los bucaneros y filibusteros.

3. ¿Quién fue Exquemelin?

Del propio Alexandre Olivier Exquemelin sabemos muy poco. No está muy claro si era francés, flamenco u holandés. Él se cuenta siempre entre los piratas de nación francesa, pero en realidad parece ser que no conoce más que dos nacionalidades, la francesa y la inglesa, y debe englobar en la primera a todos los continentales. Debió nacer hacia 1645 y morir después de 1707. Para los franceses, su nombre es Oexmelin, tal y como sostiene el prologuista de la versión inglesa, y opina que se trata de un hugonote nacido en Honfleur y que se estableció en Amsterdam a su regreso de las Indias. Dejemos que él mismo nos relate su partida: “ Partimos del Havre de Grace en un navío llamado San Juan… en el segundo día del mes de mayo de 1666.”[9]. El 7 de julio de ese mismo año llegó a Tortuga, justo cuando D´Ogeron, gobernador de la isla, decidió repoblarla con esclavos traídos de Francia. En aquellos momentos, Tortuga se encontraba bajo tres autoridades: la francesa, la inglesa y la de los Hermanos de la Costa.

En total fueron 2.000 esclavos blancos que llegaron en dos años, entre ellos Exquemelin. Muchos colonos se marchaban de la isla en aquella época para evitar los impuestos marcados por la compañía, vendiendo todas sus propiedades, también sus esclavos. Así fue como Exquemelin fue vendido al mismísimo D’Ogeron.

Después de servir al gobernador, sirvió a un benevolente cirujano, el cual le enseñó su oficio. Tras su libertad, abrazó la Ley de la Costa e ingresó en la Hermandad de los piratas, tal y como él mismo nos explica. Exquemelin terminó sus días ejerciendo de cirujano en Ámsterdam y consumiendo pacíficamente las rentas obtenidas durante su venturosa vida. Posiblemente regresó a Europa tras participar en la catastrófica expedición de Puerto Rico, la aventura que relata en su último capítulo. Aunque también parece probado que volvió a participar en una acción de piratería en 1697, en el asalto a Cartagena de Indias.

4. Introducción a la piratería

La historia de la piratería es la del pillaje. La palabra pirata proviene del griego y su significado es “el que emprende”.  La práctica, ya muy extendida en mares europeos, se trasladó a América poco después de su descubrimiento. Allí adquirió una forma particular y muy característica que ha dado lugar al prototipo de pirata que tenemos en nuestro imaginario. Muchos fueron los factores que contribuyeron a su implantación por los mares y océanos del Caribe y el Pacífico.

El historiador Manuel Lucena[10] destaca tres de ellos. El primero fueron las grandes riquezas y los yacimientos de oro y plata descubiertos por los españoles, que cautivaron Europa, donde las informaciones que llegaban sobre el Nuevo Mundo lo dibujaban como un verdadero paraíso donde los tesoros incluso nacían en los árboles.  La segunda causa que cita Lucena, fue la existencia en Europa de una gran masa de población muy pobre debido al gran crecimiento demográfico que lanzó a los mares a mucha gente buscando riquezas que permitieran cambiar el destino de su vida. Explica que probablemente fueron muchos los motivos que llevaron a los europeos a lanzarse a la piratería como, por ejemplo, las ansias de libertad, combatir por sus ideales religiosos, sobre todo anglicanos, hugonotes y calvinistas, o simplemente, el afán de embarcarse en nuevas aventuras. Lucena defiende que la realidad fue que la piratería se nutrió de desheredados y miserables que entraron en ella sin ser nadie y acabaron adquiriendo nombre y fama. Los monarcas europeos tomaron la decisión de llevar estos malditos al exterior y las colonias ultramarinas fueron el lugar idóneo.

El tercer factor podría residir en la debilidad del imperio ultramarino español. Lucena cuenta en su libro que al contrario de lo que se creía, las colonias americanas estaban indefensas y el poderío militar español del Nuevo Mundo fue una creación de la leyenda negra. La realidad era que españoles y portugueses sólo dominaban una parte muy restringida del territorio. Además, explica que la política española de solo admitir los colonos considerados habitantes de primera categoría dio como resultado una política de población muy pobre. A mediados del siglo XVI, España empezó a perder la supremacía marítima. El desastre de la Armada Invencible, sumado a la pérdida de la carrera tecnológica, frenó el avance español y dificultó la protección  de sus colonias que difícilmente podían recibir ayuda por mar.

Cabe añadir que los múltiples islotes y cayos existentes en el Caribe, la mayoría de los cuales estaban deshabitados, ofrecieron escondites perfectos y con salida directa hacia Oriente.

4.1 ¿Qué es un pirata?

El pirata ha creado una figura prácticamente universal que constituye aun hoy un importante fenómeno histórico, sociológico y literario. G.A Jager define pirata como el que robaba por cuenta propia en  el mar o en zonas ribereñas. Para José Luís de Azcárraga, la piratería es “aquella expedición armada o empresa por mar con un fin lucrativo y sin tener autorización del estado”[11] y añade que sus actuaciones alteraban el comercio regular y motivaba su persecución por parte de las potencias hegemónicas. En América, los piratas atacaron principalmente las colonias españolas y portuguesas, las únicas que existían en el siglo XVI y en el XVII porque eran las más ricas.

Su principal diferencia con el corsario es que este último actuaba de la misma forma pero amparado por la protección de un estado que les proporcionaba la patente y le subvencionaba. Sus actuaciones estaban regidas por una ética que procedía de la ley del talión y era el derecho a la represalia. Azcárraga distingue entre el corso general que ejercieron los súbditos de todos los monarcas contra los súbditos y propiedades de otro estado beligerante y el corso particular, que él lo define como el que practicaban algunos súbditos que solicitaban autorización para atacar a sus enemigos. Los corsarios aceptaban las leyes de la guerra, hacían caso de las instrucciones de su monarca y ofrecían una fianza para garantizar que respetarían el orden. Cualquier pirata que aceptaba servir a un soberano adquiría inmediatamente la categoría de corsario.

No obstante la barrera entre unos y otros siempre ha sido muy borrosa ya que como afirma Azcárraga “todos los corsarios son piratas…y todos los piratas son o pretenden ser, por lo menos corsarios”.[12] El problema aumenta si tenemos en cuenta que el corso actúa tanto en tiempos de guerra como de paz con el pretexto de la represalia. Por lo tanto, se podría definir un pirata-corsario como aquel que actúa con una patente gubernamental contra los buques y puertos de otra nación. Exquemelin explica que “…me fue forzoso juntarme con los piratas, a los que doy este nombre pues que no son mantenidos por ningún príncipe soberano.”[13]

5. Bucaneros y filibusteros

En América, la piratería adquirió características propias con las figuras de bucaneros y filibusteros. Exquemelin fue propiamente dicho un filibustero.

Los bucaneros han sido calificados como piratas que en el siglo XVII se entregaron al saqueo de las posesiones españolas de ultramar en las Antillas. Los filibusteros, según el historiador Manuel Lucena, fueron los sucesores de los bucaneros, y los que actuaron tanto en el océano Atlántico como en el Pacífico en el siglo XVIII.

5.1 Bucaneros

Los bucaneros fueron los primeros piratas verdaderamente americanos. Surgieron en la zona norte y norte occidental de la isla La Española. Su cuna fue la isla de San Cristóbal aunque después parte de ellos se trasladaron a la costa dominicana y otros se marcharon a Barbuda o Tortuga. Su aparición coincidió con la decadencia española porque se instalaron en aquellas zonas que el Imperio no pudo poblar. Eran gente procedente de cualquier nación o religión que se estableció en el Caribe para dedicarse a asaltar buques y poblaciones generalmente españolas. En cualquier caso, eran de origen europeo y pertenecían a toda la gama social de perdedores, fracasados y malhechores, desertores de navíos, delincuentes, aventureros, colonos arruinados, etc.

Los bucaneros sacan su nombre de la palabra bucan que algunos historiadores la consideran de origen karib y otros arawak. Exquemelin en sus obras la definió como la forma con la cual los indios caribes asaban la carne. Así, bucan era la acción de preparar la carne asada y ahumada que los bucaneros utilizaron copiando el procedimiento indígena. Cazaban distintos tipos de ganado cimarrón (puercos, vacas salvajes…) lo descuartizaban, lo asaban y lo vendían. Esto explica su localización en la isla La Española donde el ganado cimarrón era abundante.

Nadie mejor que Alexandre Olivier ha narrado la vida de los bucaneros y su relación con los piratas, la cual fue evolucionando hasta no llegar a distinguirse los unos de los otros. Tenían una forma de vida particular. Habitaban en chozas y la mayor parte de su tiempo lo pasaban a la intemperie ya que pasaban grandes temporadas cazando. No existían los pueblos bucaneros, cada uno vivía sólo, como máximo con su perro. Sus armas eran las escopetas, los sables y los chuchillos. Comían los frutos de su caza y una de sus particularidades es que comían el tuétano de los huesos.

El cronista ha dividido a los bucaneros en dos categorías: los cazadores de toros y vacas y los cazadores de jabalíes. Sus cacerías eran largas y duraban un mínimo de seis meses y un máximo de dos años. Volvían cargados de carne seca y pieles que luego vendían a los comerciantes de algún pueblo cercano o de la isla Tortuga. Estos eran artículos de gran demanda en la época ya que la piel se usaba para elaborar herramientas para trabajar con los animales en el campo, armaduras o calzado y elementos de marinería. Las carnes secas eran la dieta usual de las tripulaciones.

Los bucaneros llegaron a constituir un verdadero peligro para las zonas fronterizas españolas de Santo Domingo desde donde se mantuvo una guerra sistemática. Muchos de ellos decidieron establecerse en Tortuga, poblando su zona meridional y reuniéndose en comunidades. Si bien muchos de ellos eran cazadores de ganado salvaje, pronto se vieron tentados a piratear, entrando a formar parte de los aventureros del mar.

Parece ser que el primero de ellos fue Pierre Le Grand. Su primera acción fue cuando estaba en una barca junto con 28 compañeros cerca de La Española y vio un galeón despistado de la flota española. Entonces se aproximó en silencio y lo atacó. Se apoderó de él y sacó una buena cantidad de dinero entre la venta de la mercancía y del barco.

En la obra de Exquemelin, el capitán del galeón español, que anteriormente se había burlado de los piratas, infravalorándolos y menospreciándolos, aparece totalmente humillado. Todos los piratas juraron a Pierre portarse de forma valerosa en la acción. Pero Pierre, que era lobo viejo, cuando al anochecer estaban a punto de emprender el ataque, ordenó al cirujano de la barca que le hiciera un agujero para hundirla, de forma que los piratas se verían más forzados para asaltar al navío. Con una pistola y una espada en la mano cada uno, asaltaron el barco tomando la cámara de popa, donde apresaron al capitán y otros oficiales, mientras otros se apoderaban de la cámara Santa Bárbara[14]. Los españoles, que no los habían visto acercarse, se preguntaban si eran fantasmas o demonios.

“…Pedro el Grande…retuvo en su servicio tantos cuantos había menester y puso el resto en tierra. Y al punto se dio a la vela poniendo proa, con toda la riqueza que halló en la nave, hacia el reino de Francia, en donde se quedó para no volver jamás a América…”[15]

El ejemplo de Pierre Le Grand se difundió y desde entonces muchos bucaneros prefirieron piratear que llevar la tranquila vida de cazadores.

5.2 Filibusteros

El resultado de la fusión entre bucaneros y piratas dio lugar a los filibusteros y engendró la rama más temible de los malditos del mar en el siglo XVII. En referencia a la influencia de las hazañas de Pierre Le Grand , que según Exquemelin parece ser que fueron decisivas para dicha fusión, el autor nos relata: “Los plantadores y recolectores de Tortuga, habiendo oído hablar de tan favorable fortuna, y de la rica presa que aquellos piratas obtuvieron, dejaron sus funciones y ordinarios ejercicios. Muchos de ellos buscaron medios para hacer o comprar algunos navichuelos con que piratear”…[16]

El origen de la palabra filibustero es confuso y tiene diversas procedencias según distintos autores. Para algunos, proviene del holandés vrij buitre que significa “el que captura el botín”, para otros, tiene su origen en la palabra holandesa vrie boot que se traduciría como embarcación ligera y que eran las naves de forma aflautada que empleaban estos piratas. Los españoles los llamaban pechelingues por la lengua que hablaban, una jerga que surgió de la combinación entre palabras inglesas, españolas, francesas y holandesas. Los filibusteros aparecieron hacia el 1630 y se localizaron principalmente en la isla de Tortuga. Éstos fueron instrumentalizados por los fines colonialistas de la Europa occidental.

Al principio, no pudiendo conseguir grandes naves, salían con sus canoas a costear el cabo de Álvarez, donde los españoles traficaban de una ciudad a otra con pieles, tabaco y otras mercancías a La Habana con barcas. Allí estos nuevos piratas fueron haciéndose con embarcaciones cargadas que llevaban a Tortuga, y vendían allí a los que con este fin esperaban en sus puertos con sus navíos. Compraron con las ganancias lo necesario para emprender otros viajes a otras partes de Nueva España.  A su paso encontraban grandes embarcaciones y, en poco tiempo, se pudieron hacer con algunas de ellas. En menos de dos años, había ya en Tortuga más de veinte navíos a merced de los piratas,  en vista de lo cual los españoles se vieron obligados a armar dos grandísimas fragatas de guerra para la defensa de sus costas.

6. La isla Tortuga

Exquemelin hace una extensa descripción de esta isla de unos 220 Km2: “Situada al lado del norte de la famosa y grande isla Española, cerca de la tierra firme, a una altura de veinte grados y treinta minutos. Es grande en sesenta leguas. Llamáronla Tortuga por tener la forma de tortuga o galápago de mar…En la parte que mira al norte no vive gente, por ser incómoda y malsana…la poblaron en la parte meridional donde tiene sólo un puerto razonablemente bueno…La parte poblada se divide en cuatro, llamadas Tierra Baja…Plantación del Medio…,  la tercera se llama la Ringot…, la cuarta se llama La Montaña…”[17]

Exquemelin narra detalladamente los frutos, los árboles, la fauna, cultivos, costumbres y la historia de esta isla. Un dato bastante significativo sobre el modo de vida de sus habitantes, nos lo da cuando explica que en cierta ocasión, el gobernador prohibió la caza de jabalíes con perros para poder conservar un número importante de estos animales. De manera que en caso de ser invadidos por los enemigos, los defensores pudiesen mantenerse de tales carnes, sobre todo si los habitantes tuvieran que retirarse a los bosques.

Tortuga fue la isla donde más piratas se refugiaron y vivieron. Fue fundada por holandeses, luego se estableció una colonia francesa y más tarde llegaron los ingleses. Con todo, los españoles tampoco estaban dispuestos a dejar que éstos se asentaran en la isla libremente y llevaron a cabo varias campañas de desalojo.  Los bucaneros fueron expulsados de Tortuga por parte de los españoles hacia 1620. Volvieron veinte años más tarde y volvieron a ser echados por parte del gobernador dominicano. Fueron desplazados algún tiempo hasta que se asentaron de nuevo en la isla, considerada la meca del filibusterismo.

En 1630 los españoles hicieron una operación de limpieza de Tortuga, muchos de sus habitantes se marcharon a otras islas pero un gran contingente se quedó. Unos años después, un grupo pidió protección a la compañía inglesa de la isla de Santa Catalina, rebautizada como Providencia por los ingleses. En esta isla había establecida una colonia de ingleses calvinistas que mantuvieron vínculos con los bucaneros hasta que en 1641, los franceses tomaron la isla.

El lugarteniente de San Cristóbal, Levasseur, se hizo con ella y además de permitir varias religiones practicó una política de colaboración con los corsarios, ya que permitía que éstos vendieran sus mercancías en la isla sin preguntar su procedencia. De esta forma convirtió Tortuga en el paraíso del libre comercio.

En 1652, los franceses consiguieron cambiar el gobernador por Fontenay, que sometió la isla a la administración de la Compañía de las Islas de América. Esta institución estableció una organización del trabajo que aseguraba la convivencia entre bucaneros, filibusteros, habitantes y engangées. Sus habitantes cultivaban plantas de tabaco y vivían mayoritariamente del comercio. También participaban en la defensa de la isla y alguna vez también se embarcaban en alguna aventura. Para las tareas más duras de trabajo, contaban con  esclavos negros o indios. En una segunda etapa, la Compañía empezó a suministrar los engangées, hombres libres que firmaban un contrato de tres años durante el cual se les obligaba a trabajar como siervos, en condiciones similares a la esclavitud.

6.1 La etapa de Elías Watt

Cuando el cirujano llegó a Tortuga, el gobernador de Santo Domingo, conde de Penalba, temió que los ingleses intentaran apoderarse de la isla La Española después de su victoria sobre Jamaica y en agosto de 1655 ordenó que regresara la guarnición que había dejado en la Tortuga para reforzar Santo Domingo. Después de seis meses de marcharse los españoles, aparecieron nuevamente los filibusteros que habían estado 10 años en el destierro. Primero fueron los franceses y luego los ingleses que llegaron con Elías Watt que se autonombró gobernador de la isla.

En estos años, Tortuga y Jamaica experimentaron un gran crecimiento de habitantes como consecuencia de la inmigración. Las guerras de religión en Francia y entre la Corona y el Parlamento en Inglaterra, hicieron que muchos se buscaran la vida en tierras lejanas. Esto se sumó al fin de la Guerra de los Treinta Años que provocó que campesinos arruinados, soldados sin oficio y maleantes emigraran al Caribe. Además, la Corona Inglesa ya mandaba comúnmente a Jamaica a los delincuentes que no estaban condenados a muerte. Pronto, Watt promovió el filibusterismo entre los habitantes de Tortuga. En 1659 planteó el ataque a la ciudad dominicana de Santiago de los Caballeros. Fue todo un éxito y la expedición dirigida por el holandés Mansvelt regresó con un botín de 300 coronas.

6.2  La etapa de D’Ogeron

La coexistencia de tres autoridades: la francesa y la inglesa, que hemos citado, pero también la de los Hermanos de la Costa,  provocó problemas ante la designación de un nuevo gobernador francés, Jerome Deschamps, que viajó a Inglaterra para que también le reconocieran y en 1659 consiguió también que los Hermanos de la Costa lo aceptaran. Esto alzó la oposición del gobernador de Jamaica y harto de problemas, Deschamps que consiguió consolidar la colonia que pronto se convertiría en una guarida filibustera, volvió a Francia y en 1664 vendió sus derechos por 15.000 liras francesas a la Compañía francesa de las Indias Orientales, que nombró como gobernador Bertrand d’Ogeron. Esta compañía pretendía recuperar las posesiones vendidas para que aportasen más beneficios al rey.

D’Ogeron era un antiguo Hermano de la Cofradía de la Costa y se presentó en Tortuga, el 6 de junio de 1665, con el título de gobernador donde logró que los Hermanos de la Costa le eligieran para el cargo. De esta forma consiguió gobernar la isla bajo la tutela de Francia y funcionar como su gobernador oficial. Su primera política consistió en atraer filibusteros a la isla y lograr su asentamiento. Repobló, con la ayuda de Francia, la costa noreste dominicana con engagés o esclavos por tres o seis años.

D’Ogeron estimuló el cultivo de cacao, maíz, tabaco y café y organizó un gran mercado donde los filibusteros podían vender sus botines. Además adquirió dos buques para comerciar con la metrópoli. No obstante, su operación más conocida fue la de romper el estado de soltería de los Hermanos de la Costa importando mujeres europeas, sobretodo francesas. El gobernador revendió un centenar de mujeres pero impuso tres condiciones: cada uno debía pagar los gastos del transporte de la que quería que fuera su nueva compañera, tenía la obligación de no tratarlas como esclavas y si uno de ellos moría en una acción de piratería, la mujer era libre para buscarse otro compañero. Esto hizo cambiar por completo la forma de vida en Tortuga donde empezaron a verse niños y muchos de los filibusteros acabaron trabajando para sacar adelante sus familias.

El éxito de la política D’Ogeron le llevó en 1667 a poner en marcha proyectos más ambiciosos. La facilidad con la que pudieron saquear la ciudad de Santiago de Caballeros dio alas al gobernador que decidió organizar una ofensiva a gran escala. Para ello, pidió recursos a la Compañía francesa de las Islas Orientales. Paralelamente, los bucaneros empezaron a marcharse de Tortuga y levantaron nuevos asentamientos en Cul de Sac y en los alrededores de Yaguana. El motivo es que los impuestos marcados por la Compañía, que regulaba todos los precios de la isla, eran muy elevados y los contrabandistas intentaron evitarlos comerciando directamente con los holandeses. Esto llevó la Compañía a prohibir el comercio y desató revueltas, en una de les cuales, d’Orgeon estuvo a punto de perder la vida al intentar impedir manifestaciones violentas. Francia contribuyó a pacificar la costa y disolvió la Compañía, decretando finalmente la libertad de comercio. D’Orgeon murió en París en 1676 y le sustituyó su sobrino, Pouancay, como gobernador.

7. La Cofradía de los Hermanos de la Costa

Se agruparon en una estructura gremial de donde nació la Cofradía de los Hermanos de la Costa, que no tiene un origen claro aunque se cree que nació en 1620, antes de la primera expulsión de los bucaneros por parte de los españoles. Su función no consistió en organizar la piratería sino en garantizar a sus asociados el ejercicio de su profesión libremente.

El máximo órgano de gobierno era el consejo de ancianos que era el que decidía sobre la admisión de nuevos miembros y velaba por la conservación del espíritu libertario de la institución. Más tarde, eligieron gobernadores. Los gobernadores tenían el título aunque no llegaron a tener nunca poderes de verdaderos gobernadores coloniales. Las grandes decisiones se siguieron tomando a través de las juntas de capitanes,  muchas de las cuales se celebraban en la Isla de Vaca.

Era una asociación masculina y no se admitía a las mujeres. No importaba la nacionalidad ni la religión de sus miembros, había una absoluta igualdad entre ellos. No se imponían prestaciones para la comunidad, ni impuestos ni presupuesto, ni código penal. La única norma fundamental que les regía era la ausencia de propiedad individual de los bienes de producción: la tierra y los barcos. No obstante, sí que existían pertenencias personales y, sobretodo, cada uno se quedaba con su parte del botín. No eran leyes escritas. Era más bien un acuerdo general al que todos se sometían precisamente para proteger su libertad individual. Estaban ligados únicamente por la conciencia de su hermandad. No había ni jueces ni tribunales, únicamente una asamblea formada por los más viejos filibusteros. Las principales normas eran las siguientes:

1. Se prohibía todo prejuicio de patria o de religión

2. Quedaba prohibida la propiedad individual. Esto se refería a la propiedad de tierra en la isla.

3. La Cofradía no podía inmiscuirse en la libertad personal de cada uno. Las cuestiones individuales se resolvían personalmente. No se obligaba a nadie a partir en una expedición pirata. Se podía abandonar la Hermandad en cualquier momento.

4. No se admitían mujeres blancas libres en la isla. La prohibición se refería exclusivamente a éstas y se adoptó para evitar riñas, discusiones y odios. Sólo podían vivir en la isla las mujeres negras y las esclavas.

5. Todos los “hermanos” eran iguales entre sí e incluso disponían de una “Tabla de Indemnizaciones” para compensar a quienes resultaban lisiados. Era tal la fraternidad existente entre los hermanos de la costa que, antes de entrar en combate, cada bucanero se conjuraba con un compañero y en el caso de que uno resultase muerto en la lucha, el otro se convertía en su “heredero”.

6. Los piratas no enterraban sus tesoros. Arriesgaban el pellejo para conseguir el botín y se guardaban mucho de dejarlo enterrado en algún lugar donde cualquiera lo podría encontrar.

Normalmente dilapidaban sus ganancias en el menor tiempo posible o hasta que pudieran emprender una nueva expedición. Antes de zarpar quedaba fijado cual sería la parte proporcional del botín que correspondería a cada uno, siempre en función de su rango en la expedición. Según Exquemelin, al cirujano de a bordo le correspondía la misma parte que al capitán. Quedaba claramente establecido que, una vez conseguido, el botín sería puesto en común para proceder al reparto. Se estipulaban duros castigos para aquellos que osaban quedarse alguna parte para sí y eran descubiertos. También se preveían premios para el primero en avistar una presa o el primero en pisar el barco abordado. Normalmente, el premio era la posibilidad de elegir una pieza del botín. Las pistolas eran los objetos más codiciados por su valor en combate (Barbanegra portaba ocho de ellas, bien cebadas y colocadas en sendas cartucheras cruzadas sobre su pecho).

Ningún filibustero tenía nombre ni apellidos, sólo eran conocidos por sus apodos. Cada uno vestía como podía con las piezas que había robado. Lo más común era que llevaran una camisa, un pantalón, botas de cuero de cerdo y gorra. También era muy habitual que se colocaran joyas procedentes de sus botines, aunque fueran femeninas. La imagen que nos ha llegado de los filibusteros con pendientes es cierta. Iban armados, habitualmente, con mosquetes, cuchillos y sables.

No tenían una estructura de funcionamiento piramidal. En principio el capitán solía ser cualquier miembro de la tripulación ya que los filibusteros despreciaban el autoritarismo de los capitanes de los buques mercantes o de guerra. Con el tiempo y la aparición de grandes figuras, esto cambió y se impuso la figura del capitán fijo que organizaba el asalto, ponía el barco y reclutaba la tripulación. Alzaron verdaderas empresas piratas que eran comunitarias y capitalistas a la vez ya que al final de cada expedición se procedía al reparto del botín y cada uno recibía una parte en consonancia con lo que había puesto.

El procedimiento para organizar un asalto empezaba por asegurarse el abastecimiento de la expedición. Luego se fijaba el objetivo y se detallaban los gastos y el reparto del botín. Después venía la hora de establecer la Ley de a Bordo, que cada miembro solía jurar en el puente de cada barco con un vaso de ron, una Biblia y un crucifijo. Esta ley fijaba la normativa de abordo. Los delitos que se consideraban más graves eran la ocultación de parte del botín, el robo a los compañeros, desertar en un momento importante o matar a un  hermano.

Otra costumbre de los filibusteros era incrementar el botín recaudado durante el pillaje lo máximo posible. Sumaban rescates por la vida de los vecinos o tripulantes de los barcos que asaltaban y pedían tributos a cambio de no incendiar las ciudades. Es lo que se llamaba el tributo de quema.

Las enseñas filibusteras tenían la misión fundamental de atemorizar a los atacantes. No es una leyenda que llevaran calaveras con dos tibias cruzadas pintadas en sus banderas. Utilizaban básicamente el color negro que lo alternaban con el rojo. La bandera era comúnmente conocida como la Jolly Roger. La isla de Tortuga fue siempre su refugio ya que la consideraban como su casa. Allí siempre encontraron protección y buena compañía ya que la isla estaba plegada de tabernas y burdeles para festejar sus botines y victorias. Hacia 1689, cuando se perdieron estas costumbres comunitarias, la cofradía empezó a hacer aguas.

8. El Olonés

Exquemelin nos ha dado a conocer las biografías y andanzas de algunos piratas a los que sirvió, algunos muy famosos y otros no tan conocidos. Por orden cronológico, los que menciona primero son Pedro El Grande, Pedro Francisco y Bartolomé Portugués. Éste último hizo campamento habitual cerca de la Caleta del Piojo des de 1650. A partir de 1652 pasó a denominarse “Caleta del Portugués”, quedando su nombre en la toponimia del lugar. Cuenta Exquemelin que en 1662, el Portugués se dirigía a Jamaica cuando se encontró un navío que venía del Mar Caribe y Cartagena destinado para La Habana y La Española, armado con veinte cañones y setena hombres, pero aun así consiguió hacerse con él. Entonces se dirigió a las proximidades del Cabo de San Antonio, donde fue sorprendido por una escuadra española que venía de México y fue hecho prisionero. Luego, no obstante, consiguió escapar espectacularmente.

Otros piratas que aparecen en las obras de Exquemelin fueron Roc Brasiliano, Luis Escot o Mansvelt. En referencia al primero, el pirata escritor narra que en 1663 estaba navegando por el Cabo San Antonio cuando halló un navío, cargado con diversas mercancías y reales de plata, que desde Nueva España se dirigía a Maracaibo. Afirma que lo asaltó con facilidad y se dirigió a Jamaica. Exquemelin desvela que tanto El Portugués como El Brasiliano se enriquecieron con su comercio de filibusteros en toda la costa sur-occidental de Cuba y en el asalto a naves españolas.

Uno de los filibusteros más activos durante la etapa de Exquemelin fue Jean-David Nau, apodado El Olonés, uno de los últimos piratas franceses. Nacido en Flandes hacia 1630, llegó a las Antillas también como engangée hacia 1650 cuando tenía unos 20 años. En sus crónicas no lo menciona de este modo sino como Francisco Lolonois. Su apodo fue posterior y procede de su lugar de nacimiento: Sables de Oloné. Exquemelin lo conoció  cuando ya era capitán y fue elegido para atacar la ciudad de Maracaibo.

Es uno de los piratas que más conocemos porque el pirata cirujano navegó bajo sus ordenes y escribió su biografía. Cuenta Exquemelin que “Fue en su juventud transportado a las islas Caribes en calidad de esclavo y habiendo acabado el término de su esclavitud, vino a la isla La Española, donde se metió entre los cazadores por algún tiempo, antes que se diese a las piraterías contra los españoles. Hizo dos o tres viajes en calidad de marinero, y en ésta se mostró valiente, con lo que avanzó en la buena gracia del gobernador de Tortuga, llamado Monsier de la Place, de tal suerte que le dio éste un navío, haciéndole capitán de él para que fuese a buscar su fortuna. Favorecióle la suerte en poco tiempo, pues adquirió mucha riqueza, habiendo usado de grandes crueldades con los españoles que hicieron correr su reputación por todas las Indias”.  [18]

Recuperada su libertad, Olonnais se hizo bucanero en La Española. Muy pronto se fue a Tortuga donde en seguida le dieron ocho barcos y 400 hombres.  Con ellos intentó atacar Campeche pero naufragó. Consiguió huir con un grupo de esclavos y volvió a Tortuga. En su libro Exquemelin explica que “retirándose después a los bosques, donde vendó sus llagas lo mejor que pudo, hasta que mejoró de ellas, y se fue hacia la ciudad de Campeche, disfrazado totalmente con vestidos españoles. Habló allí con algunos esclavos a los que prometió hacer francos en caso que le quisiesen obedecer y se fiaran de él. Aceptaron sus promesas, y, robando de noche una canoa a uno de sus amos, se fueron a la mar con el pirata. Los españoles tenían entretanto a algunos de sus camaradas en prisión y les preguntaron:¿ Dónde está vuestro capitán?. A lo que le respondieron que era muerto, al saber cuya nueva los españoles hicieron muchos festejos entre sí. (…) Entretanto el Olonnais se dio prisa con los esclavos para escapar…”  [19]

El Olonés se encontraba junto a Cayo Fragoso (Cuba) cuando vio llegar una fragata española. La había enviado el gobernador de La Habana para ejecutarlo. Primero intentó hacer rendir a los españoles y luego atacó. A los tripulantes se les cortó la cabeza uno por uno. Exquemelin narra este episodio de esta forma: “Al alba los piratas comenzaron a combatirlos con sus dos canoas, de una y otra parte, con tal ímpetu, que aunque los españoles cumplieron con su deber, defendiéndose cuanto pudieron, tirándoles también algunas piezas de artillería, los rindieron con la espalda en mano, obligándolos a huir a las partes inferiores del navío. L’Olonnasi los mandó subir uno a uno y les iba así haciendo cortar la cabeza”.[20]

Regresó a Tortuga y allí se asoció con Miguel el Vasco y otros franceses que le sugirieron atacar dos ciudades muy próximas: Maracaibo y Gibraltar. En agosto de 1667 Consiguieron reunir 1.000 hombres y atacaron Maracaibo. Sorprendieron a la población de noche. Los habitantes que pudieron se marcharon a Gibraltar con lo que pudieron salvar su pellejo. El Olonés consiguió un botín de 20.000 reales, muebles y enseres y torturó unos cuantos vecinos para que le revelaran donde habían escondido las cosas de valor. Exquemelin narra en sus obras la táctica del Olonnais aprovecharse de la información de los habitantes de la zona: “Los piratas, desde una legua de esta fortaleza, avanzaron poco a poco, pero el gobernador había puesto algunos españoles en emboscada, para servirse de ellos en retaguardia, y coger mejor al improviso enemigo por las espaldas, cuando cayeses sobre él por delante, designio que los piratas conocieron, de manera que estaban sobre aviso, por lo que dicha emboscada fue combatida de suerte que no pudo retirarse nadie al castillo. Entretanto el pirata, continuando aprisa, avanzó con sus compañeros valerosamente, y después de un combate de cerca de tres horas, se hicieron señores, y triunfaron, y eso sin más armas que sus puñales y espadas…”[21]

De Maracaibo pasaron a Gibraltar, ciudad que había sido fortificada y atrincherada. El ataque costó bastantes bajas, pero Olonnais logró hacerse con ella. Decapitó al gobernador y otros vecinos y pidió rescate. Como no tuvo éxito, prendió fuego a la ciudad y antes de marcharse saqueó de nuevo las iglesias. El pirata cronista describe este capítulo con estas palabras: “…Entre estos dares y tomares, una partida de piratas salió a robar, y tomaron las imágenes, los cuadros y las campanas de la iglesia, que las llevaron a bordo de sus navíos. Los españoles que habían salido a demandar a los que habían huido la suma, volvieron con orden de hacer algún acuerdo con los piratas, y así lo hicieron y convivieron por su rescate y libertad, darían vente mil reales de ocho, y quinientas vacas, a condición que los piratas no hicieran más hostilidad a nadie…”[22]

El reparto del botín, que ascendía a 260.000 pesos más las telas y otros objetos que podían tener un valor de 100.000 pesos más, se hizo finalmente en la Isla de Vaca. Alexandre Olivier detalla cómo se repartió el botín en función de la situación y la contribución de cada pirata: “…Después de haber hecho cuenta de todo lo que tenían entre manos, hallaron en dinero de contado, doscientos sesenta mil reales de ocho. Una vez repartido esto, recibió cada uno, piezas de seda, lienzo, y otras cosas(…). Las personas heridas recibieron su parte primero que todo (esto es la recompensa) y quedaron con dineros aunque muchos mutilados de algunos de sus miembros. Pesaron después toda la plata labrada, contando a diez reales de a ocho la libra. Las joyas se tasaron en muchas diferencias, a causa de su poco conocimiento. Habiendo hecho cada uno el juramento de no haber guardado subrepticiamente cosa alguna que tocase al común, pasaron al reparto”[23]. La celebración de la victoria se hizo en Tortuga, y según Exquemelin, se gastaron todo lo que habían robado en sólo tres semanas.

A continuación, El Olonés preparó el ataque a Nicaragua aunque finalmente las aguas le llevaron a Honduras. Allí decidió saquear Puerto Caballos. Puso de nuevo en práctica su táctica de torturar a los defensores para que le dijeran donde habían escondido los tesoros.  Sólo sobrevivieron dos españoles a sus martirios. Le indicaron que los tesoros estaban en San Pedro pero allí no encontró nada. Entonces decidió quemar la ciudad. El fracaso de la operación hizo que muchos de sus hombres desertaran. El Olonés se trasladó a las islas de las Perlas y siguió hacia el sur. Al llegar a Darién, atacó un poblado indígena para procurarse alimentos pero fueron los indios que se los comieron a ellos. Exquemelin lo relata con estas palabras: “…los indios le cogieron y despedazaron vivo, echando los pedazos en el fuego y las cenizas al viento, para que no quedase memoria de tan infame inhumano”.[24]

9. Henry Morgan

Si bien, después de El Olonés,  Exquemelin menciona numerosos aventureros del mar como fueron Miguel de Basco, Antonio Supins o del Pozo, Moisés Van Vin, Pierre le Picard, Le Sieveur, Simon Masvelt y Huasel, es sobretodo Henry Morgan del cual nos da una información más rica. Fue el pirata más temido y temerario bajo las órdenes del cual sirvió el cirujano Exquemelin (el cual le llamaba erróneamente Juan Morgan). Este filibustero entra en escena en 1667, cuando se firmó el Primer Tratado de Madrid que tenía como objetivo acabar con los continuos roces entre ingleses y franceses que mantenían una guerra a pequeña escala para apoderarse de las bases piratas del Caribe. Henry Morgan ha sido calificado como el más famoso de la segunda generación de filibusteros, influida más por el patriotismo que por los ideales libertarios.

En relación a su biografía, Alexandre Olivier explica que nació en Gales en el seno de una familia de labradores ricos, concretamente en Lanrhymny, en Glamorganshire. No obstante existe una gran controversia respecto la versión de Exquemeling que sostiene que Morgan fue raptado de niño en Bristol y fue vendido como sirviente en Barbuda desde donde pasó a Jamaica.  El historiador inglés Clarence Henry Haring[25] especializado en el estudio del período colonial iberoamericano defiende la versión del cronista. En cambio, el también inglés  Philip Gosse[26] señala que tal historia es probablemente falsa y sostiene que sirvió de base para un litigio por un libelo que Morgan tuvo con los editores ingleses de Exquemelin. Al final, según Gosse, Exquemelin ganó el pleito y le concedieron doscientas libras de indemnización. Parece ser que sí es cierto que, movido por el afán de aventuras, Morgan embarcó hacia Barbados, donde llegó como siervo y luego pasó a Jamaica, su escuela de piratería. En seguida, Morgan consiguió algún dinero y compró una nave junto con otros socios. Primero se dirigió hacia Campeche, con un éxito modesto, y luego Mansveld lo eligió como vicealmirante de su expedición en Santa Catalina.

Su entrada en la piratería se produce cuando el filibusterismo estaba amenazado desde Londres por su política de amistad hacia España aunque de hecho Londres hacía la vista gorda hacia al gobernador jamaicano que permitía sus incursiones. Como hemos dicho, fue en 1667 cuando Modyford, gobernador de Jamaica, solicitó los servicios de Morgan ya que, según dijo, recibió informaciones de la intención española de invadir la isla partiendo desde Cuba. Un año más tarde, el hermano del gobernador encargó a Henry Morgan, oficial de las milicias locales, la misión de agrupar a todos los corsarios ingleses y descubrir el lugar desde donde los españoles estaban planeando invadir la isla.

Morgan convocó una reunión de filibusteros, la mayoría franceses, en la costa sur de Cuba y consiguió la presencia de 700 hombres y 12 embarcaciones. Según Exquemelin, el consejo decidió asaltar Puerto Príncipe (actual Camagüey). Era el 27 de mayo y su objetivo cayó sin dificultad. Antes parece que hubo un intento de tomar La Habana, pero las poderosas fuerzas de defensa que poseía la ciudad les hizo cambiar de idea. En el asalto a Puerto Príncipe, Morgan mandó encerrar a los vecinos en las iglesias y acaudilló el saqueo de la población. Igual que El Olonés, Morgan utilizaba las mismas técnicas de tortura e interrogatorios. Exquemelin asegura que Morgan dejaba morir de hambre a los prisioneros.  En su obra leemos: “ Luego que los piratas se señorearon de la villa, metieron a todos los españoles, tanto hombres como mujeres y niños, y también a los esclavos en las iglesias, y recogieron todos los bienes de pillaje que pudieron hallar. Corrieron después por todo el país, trayéndose cada día muchos bienes y prisioneros, y muchas vituallas, con las que dispusieron opulentos banquetes, sin acordarse de los hambrientos prisioneros, a quienes dejaban morir sin necesidad. Y ahorraron sus crueles tormentos a los encerrados, pues cotidianamente los maltrataban sin misericordia, para hacerlos confesar en qué parte tenían los muebles, dinero y otras cosas encubiertas, aunque ya no tenían más. Castigaban a las mujeres y a las criaturas con el mismo modo y no les daban casi nada de comer, por lo que murieron la mayor parte”[27].

En su retirada, las fuerzas de Morgan fueron atacadas por milicias a caballo que provocaron unas 200 bajas. El botín final ascendió a unos 50.000 pesos. Esta acción permitió a Morgan confirmar al gobernador que realmente los españoles estaban preparando el ataque a Jamaica para asegurarse su soporte. Entonces el pirata planteó otro ataque en Centroamérica. En esta ocasión no tuvo tanta suerte y muchos filibusteros franceses no lo quisieron seguir porque no habían quedado satisfechos con el reparto del botín de Puerto Príncipe.

Su nuevo proyecto fue atacar Portobelo, una de las plazas más fuertes del Caribe. Partieron cuatro fragatas con cerca de 500 hombres y por el camino se encontraron otro buque filibustero que se les unió. Llegaron a su meta el 10 de julio de 1668. Desembarcaron durante la noche y atacaron al amanecer para sembrar el terror y en poco tiempo tomaron la ciudad. Llegaron al fuerte de Santiago y volaron el polvorín, después alcanzaron la fortaleza de San Jerónimo que se acabó rindiendo con 45 muertos entre los asaltantes y cinco soldados españoles. Siguiendo con sus métodos crueles, Morgan adornó el castillo con una bandera roja y los muros con los cuerpos de los ahorcados. Se repitieron también las torturas a los habitantes para que confesaran dónde se habían escondido los tesoros. Exquemelin indica que cuando fueron dueños de la situación, los piratas lo celebraron con una gran bacanal.

El gobernador de Panamá, Juan Pérez de Guzman, avisado del asalto llegó con refuerzos y atacó las posiciones de Morgan aunque no logró rendir la fortaleza. Negociaron y pactaron un tributo de quema de cien mil pesos (bajo amenaza de incendiar la ciudad). El pirata y su tripulación se retiraron y el reparto del botín que alcanzó los 250.000 pesos se hizo en Cuba. La recaudación les salió muy bien porque eran pocos hombres a repartir. Su llegada a Jamaica en julio fue triunfante. Allí Morgan le explicó a Modyford que había rescatado 11 prisioneros ingleses en Portobelo y en cambió le ocultó las crueldades que había cometido. La acción no pasó desapercibida y la respuesta española fue agresiva. La reina ordenó la concesión de patentes de corso y fomentó los ataques contra intereses británicos.

El pirata se volvió a salir con la suya y convocó a los capitanes filibusteros con sus naves a la Isla de Vaca para preparar una nueva aventura. Se celebró un gran festejo y en el consejo se decidió ir a la isla Savona para capturar algún barco y poder reforzar la flota de Morgan y la fragata Oxford que el gobernador de Jamaica había puesto a sus órdenes. La decisión fue celebrada bebiendo ron y con disparos. Según Exquemelin, uno de los tiros prendió la pólvora y el navío donde estaban voló por los aires con 350 ingleses a bordo y también prisioneros franceses. La crueldad de Morgan llegaba hasta tal punto que fue capaz de rastrear entre los muertos para buscar las joyas u objetos de valor que llevaban puestos. “… Ocho días después de la pérdida del navío, Morgan, instigado por su ordinario humor de crueldad y avaricia, hizo buscar sobre las aguas de la mar los cuerpos de los míseros que habían perecido, no con la humana intención de enterrarlos, sino bien al contrario, con la mezquina de sacar algo de bueno de sus vestidos y adornos. Si hallaban algunos con sortijas de oro en los dedos, se los cortaban para sacárselas y los dejaban en aquel estado a merced de la voracidad de los peces…”.[28]

La flota integrada por 15 naves y 900 hombres intentó atacar Trinidad o Margarita pero no fructificó y entonces siguió el camino de El Olonés intentando el asalto a Maracaibo. Llegaron el 9 de marzo. Primero asaltaron el castillo que fue tomado sin resistencia. Después empezó la persecución a la población que se había escondido y contra la que se cometieron nuevas atrocidades, especialmente con frailes y clérigos.  Exquemelin retrata algunos de ellos: “Entre las crueldades que usaron entonces, una fue la de darles tratos de cuerda y, al mismo tiempo, muchos golpes con palos y otros instrumentos, a otros quemaban con cuerdas caladas y encendidas entre los dedos; a otros agarrotaban cuerdas alrededor de la cabeza hasta que hacían reventar los ojos”.[29]

Cuando hacia ya un mes que estaban en la isla se presentaron tres barcos españoles que les obligaron a retirarse y a rendirse. Frenaron el avance de los hombres de Morgan pero no consiguieron que se rindiera y contratacó con violencia. De nuevo, el pirata salió triunfante y logró escabullirse con su tripulación. De allí se dirigió a Port Royal donde llegó el 27 de mayo con un importante botín. Este episodio hizo reaccionar de nuevo al Imperio español. Como consecuencia de la intensidad de los asaltos en plazas españolas, en abril de 1669 la reina autorizó la emisión de patentes de corso en el Caribe. Esto hizo que muchos de los implicados en el tráfico negrero se pusieran al servicio de los gobernadores españoles para atacar las bases de filibusteros en Jamaica.

En este contexto se produjeron algunos ataques corsarios hasta que en julio de 1670, después de George Monk, se inicia una nueva política que se centra en el cese de hostilidades con España. Se firma el segundo Tratado de Madrid y se calman las tensiones. Ello repercute en la colonia británica donde se quiere enviar a Thomas Lynch como nuevo gobernador en sustitución de Modyford, acusado de ser demasiado permisivo con la piratería.

En este contexto, Morgan decidió hacerse de nuevo a la mar. Este capítulo de su biografía lo cuenta Exquemlin: “Enseñaos la experiencia que la prosperidad hace de ordinario a los hombres soberbios y los anima a buscar mayores glorias mundanas olvidando en semejantes ocasiones las eternas, pues tienen arraigada en el corazón la ambición de elevarse tanto que con facilidad caen otra vez en el origen de donde salieron sus terrenos deseosos. Veía Morgan que todas sus empresas le habían salido con grandes ventajas, y así aspiraba a cumbres mayores, si acordarse de las cenagosas llanuras de sus principios y de los medios tan infames que empleaba para conseguir, a fuerza de irregularidades, sus destroncados designios”.[30]

El 28 de octubre se organizó un nuevo consejo en la Isla de Vaca donde se estudiaron diferentes destinos para asaltar: Cartagena, Veracruz y Panamá. Al final se apostó por esta última plaza.

9.1 Ataque a Panamá

La mayor aportación a la historia de la piratería de la obra de Exquemelin, como ya se ha dicho anteriormente, es la minuciosa descripción que hace del asalto a Panamá. Gracias a él y a nadie más conocemos con detalle estos acontecimientos.

El 30 de diciembre de 1670, 38 barcos y más de 2000 hombres partieron rumbo Panamá. Por el camino atacaron Santa Catalina para conseguir guías para atravesar el istmo y donde consiguieron 450 prisioneros, entre ellos muchos presidiaros de Panamá a los cuales se ofreció parte del botín y la libertad si les conducían hasta su destino. Esta es la misma táctica que se utilizó en el caso de Maracaibo. Consistía en pagar a los vecinos para que les mostraran el camino correcto, ya que los piratas no conocían la selva y los españoles eran superiores en tierra por su conocimiento del terreno. Ante un ataque abandonaban las ciudades para refugiarse en las montañas.

También de camino, atacó Portobelo y tomó la isla. Para seguir adelante la flota se dividió en dos. Una parte avanzó por el río Chagres y otra por tierra. El 28 de enero de 1671 entraron en Panamá.

Primero se dejaron unos 500 hombres para proteger el castillo y las naves y el resto avanzaron por el río, pasando mucha hambre, ya que los españoles habían evacuado toda la zona. Bajo el mando de los liberados en Santa Catalina, rodearon la ciudad para poder entrar por el bosque. La defensa de Panamá, que conducía Juan Pérez de Guzmán, había sido reforzada con otros destacamentos y contaba con 1.200 hombres y 200 de caballería. Las monjas, los niños y la plata del rey se habían evacuado a Perú.

El gobernador español cometió un gran error que fue suponer al principio de la batalla que los piratas se retiraban mientras que sólo era una maniobra para engañarlo. Exquemelin nos describe día a día todos los pasos y los detalles de la operación: “… El décimo día pusieron toda la gente en orden, y al son de tambores prosiguieron la marcha derechamente a la ciudad, pero uno de los que guiaba aconsejó a Morgan no tomase el camino principal porque creía que hallarían en él gran resistencia de emboscadas. Hallólo a propósito el conductor y escogió otro camino que presentaba el bosque, aunque era muy difícil y penoso. Viendo los españoles que avanzaban los piratas por donde no esperaba, se vieron obligados a dejar sus fortalezas y venirse al encuentro de sus enemigos. El general de los españoles puso sus tropas en orden. Consistían en dos escuadrones, cuatro batallones de infantería y un muy gran número de toros bravos que numerosos indios habían traído, con algunos negros y otros, para este fin”.[31]

Cuando se dieron cuenta, la derrota española era un hecho y los piratas empezaron un intenso pillaje de una ciudad que en aquel momento, con palacios, iglesias obispales, conventos y muchas riquezas, era muy próspera.

Morgan se estableció casi durante un mes en Panamá sembrando el terror entre los vecinos. Tras numerosas vejaciones, torturas, robos y violaciones, Morgan decidió abandonar la isla. Antes de marchar, la ciudad fue incendiada no se sabe muy bien si por orden suya o por accidente. La destrucción fue tal que tuvo que ser reconstruida en otro sitio. El abandono de Panamá se produjo el 24 de febrero de 1671 con el barco lleno de oro, plata y joyas y 600 prisioneros. Algunos de ellos, los que pagaron, fueron liberados. Además Morgan hizo jurar a los filibusteros que no se habían quedado con nada del botín: “…A la mitad del camino del castillo de chagra mandó el caudillo se pusiesen todos en orden según costumbre, e hizo jurar en general y a cada uno en particular que no habían encubierto ni reservado para sí cosa alguna del valor de un real de plata. Pero como tenía Morgan alguna experiencia de que solían jurar en falso sobre intereses, ordenó que se escudriñasen a todos las faltriqueras, bolsillos, mochilas y todo la demás donde pudieran haber guardado algo, y por dar ejemplo, se dejó él mismo buscar y rebuscar hasta las suelas de los zapatos…”.[32]

Llegó el reparto del botín. Morgan se quedó la parte principal y sólo dio 200 reales a cada pirata por lo que se sintieron engañados e idearon un motín. Antes de que estallara, el corsario transportó la artillería a los navíos, destruyó las murallas y prendió fuego.

Finalmente, regresó a Jamaica donde fue recibido con honores. No obstante, no se hicieron esperar las consecuencias de la toma de Panamá: el embajador español hizo destituir a Modyford que fue enviado a Londres para ser juzgado. Poco después desde Londres también se requirió a Morgan para juzgarlo pero fue declarado inocente de todos los delitos que se le imputaban. Entonces el rey Carlos III lo nombró caballero y teniente de gobernador de Jamaica.

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[1] HORN, Jan Ten, De Americaensche Zee-Roovers. Amsterdam, 1678. Traducido al castellano como Piratas de América, Barral Ed., Barcelona, 1971.

[2] Exquemelin, Alexandre Olivier, The bucaneers of America, Penguin, Londres, 1969. Traducción de Alexis Brown.

[3] Exquemelin, Alexandre Olivier, Histoire des aventuriers, Réal Oullet, París, 1686.

[4] Exquemelin, Alexandre Olivier, Piratas de la América y Luz a la Defensa de las Costas de Indias Occidentales., 1681. Conoció varias ediciones en el XVII y el XVIII. Traducido del flamenco al español por el doctor Buena Maison. R. Ruiz, Madrid, 1973.

[5] Alexandre O. Exquemelin. Bucaneros de América, Valdemar, Madrid, 1999.

[6] Convenio de embarco entre los participantes de cada expedición de corso.

[7] En las ediciones antiguas, hay confusión con el nombre de pila de Morgan, (Juan por Henry)

[8] BOULLOSA, Carmen, Son vacas, somos puercos, filibusteros en el mar Caribe, Era, México, 1991 y    BOULLOSA, Carmen, El médico de los pirata, Ed. Siruela, Madrid, 1992.

[9] EXQUEMELIN, Alexandre, Bucaneros de América, Valdemar, Madrid 1999, primera parte cap. I pág 22

[10] LUCENA, Manuel, Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América, MAFRE, Madrid, Barcelona, 1994.

[11] J.L Azcárraga. El Corso maritimo : concepto, justificación e historia, Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto Francisco de Vitoria : Ministerio de Marina, 1950.

[12] Ibid.

[13] EXQUEMELIN, Alexandre O. Bucaneros de América, Valdemar, Madrid 1999, cap VI pág 69, primer párrafo.

[14] En los barcos de guerra, cámara donde se guardan explosivos, armas y municiones

[15] EXQUEMELIN,Alexandre o. Bucaneros de América, Valdemar, Madrid 1999, Primera parte, Cap VII, pág73

[16] íbid

[17] EXQUEMELIN, Alexandre. Bucaneros de América, Valdemar, Madrid, 1999, págs 24-25.

[18] EXQUEMELING, Alexandre O., El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.I. pág. 77.

[19] EXQUEMELING, Alexandre. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.I. pág. 78.

[20] EXQUEMELING, Alexandre. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.I. pág. 79.

[21] EXQUEMELING, Alexandre. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.I. pág. 87.

[22] EXQUEMELING, Alexandre. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.I. pág. 93.

[23] EXQUEMELING, Alexandre. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.I. pág. 94.

[24] EXQUEMELIN, Alexandre, Bucaneros de América, Valdemar, Madrid, 1999, pag.131.

[25] HARING, Clarence Herny, Los bucaneros de las islas occidentales, Espasa Calpe, Madrid, 2003.

[26] GOSSE, Philip, Quien es quien en la piratería, Espasa Calpe, Madrid, 2003.

[27]EXQUEMELING, Alexandre O. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.III. pág. 124.

[28] EXQUEMELING, Alexandre O. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.V. pág. 136.

[29] EXQUEMELING, Alexandre O. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Segunda Parte. Cap.VII. pág. 140.

[30] EXQUEMELING, Alexandre O. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Tercera Parte. Cap.I. pág. 161.

[31] EXQUEMELING, Alexandre O. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Tercera Parte. Cap.V. pág. 190..

[32] EXQUEMELING, Alexandre. El medico de los piratas, Argos Vegara, Barcelona, 1684. Tercera Parte. Cap.VI. pág. 203..

Mireia González Arumi

Joan López Gómez

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