Sobre el blog y su autor


Quod natura non dat, Salmantica non praestat. Así reza, junto al escudo de la Universidad de Salamanca, el dibujo de una de las carpetas que acabo de encontrar mientras ordenaba papeles, facturas y documentos en mi despacho. Justo enfrente, sobre un antiguo ordenador Imac G3 al que todavía doy buen uso, una rana tocada con birrete universitario me observa alegremente  como si se estuviera regocijando con la escena. Se trata de un souvenir de porcelana que me traje de mi estancia en la ciudad de Salamanca, de grato recuerdo.

Pese a mi temprana vocación de historiador,  el inicio de mi carrera fue tardío por circunstancias que ahora no vienen al caso. De forma que fue necesario un  esfuerzo importante para compaginar trabajo a jornada completa con estudios. Afortunadamente pude contar con la inestimable  colaboración de mis antiguos compañeros de trabajo,  quienes me brindaron apoyo  moral, me facilitaron cambios de turno, horarios, modificaciones de cuadrante durante las épocas de exámenes y me alentaron en todo momento a continuar adelante con mis objetivos.

Siempre me ha consolado la idea de que todos los que pasamos por la dura y a la vez satisfactoria experiencia de compaginar trabajo y estudios, nos veríamos compensados  con la ventaja de complementar un aprendizaje teórico con el contacto diario del mundo real, un mundo rico en matices y contradicciones que nada tiene que ver con los juicios maniqueístas y las generalizaciones de los más inexpertos. De esta manera, al vivir inmersos en toda la  complejidad y la crudeza de nuestro entorno, nos libramos en mayor o menor medida del peligro de comenzar a desvariar en la ilusoria burbuja intelectual de quien sólo lee libros. Aunque esto último, es a ustedes a quienes les corresponde juzgarlo.

No obstante, durante un año viví una situación excepcional. Ese año, con una beca Séneca —la aportación económica de la reputada beca Erasmus era y es demasiado exigua como para asegurar mi supervivencia— tras solicitar una excedencia laboral, emprendí al inicio del cuarto curso de carrera un viaje sin billete de regreso hacia Salamanca, ciudad universitaria por excelencia. Allí viviría algo más que una auténtica vida de estudiante. Su universidad, cultura, paisajes, tradiciones, Historia… y especialmente las gentes que me acogieron y con quienes tuve la suerte de compartir alegrías y tristezas, formarán para siempre parte de mí

De aquella época, y de la anterior en la Universidad de Barcelona, conservo esparcidas sobre varias estanterías, en viejas carpetas  entre cuadernos, libros y documentos, docenas de legajos que han sobrevivido a varias mudanzas. Se trata de manuscritos y  mecanoescritos con anotaciones, apuntes, ideas, reflexiones… y algún que otro trabajo universitario que sólo por el esfuerzo invertido no me resigno a que caiga en el olvido. Si miramos en mi disco duro, aún encontramos más material.

Actualmente, como buenamente puedo, mientras cumplo con el ineludible deber de salir cada día a la conquista del pan, me encuentro entre otras tareas cursando a distancia un máster oficial en la facultad de Geografía e Historia en la UNED. La carrera de Historia, al contrario de lo que otros opinan, no es que sea una carrera sin futuro, es que se trata de una carrera muuuuuy larga, de esas que sólo con “másters” (maestrías, como diría un viejo amigo, más por el hecho de ser medio mexicano que por puro casticismo), un doctorado y mucho esfuerzo, constancia y tenacidad, uno puede llegar a ganarse la vida en ese mundillo, e incluso hacerse con un nombre. Aunque la salida de la docencia en secundaria, a pesar del menguante número de las ya escasas plazas docentes, continúa siendo una opción a tener en cuenta. Siempre que sea opositando, puesto que los interinajes, para cualquier recién licenciado o graduado sin más experiencia que la correspondiente capacitación pedagógica, es hoy en día una ilusión, una quimera, una mera utopía.

Todo aquel que opine que la Historia es una carrera fácil, o “chupada”, —como la calificaban algunos de mis más jóvenes y no tan jóvenes condiscípulos— afirmará también que se trata de una carrera sin futuro. La primera idea va asociada a la segunda. Juntas se complementan, aportándose mutuamente veracidad y sentido; por separado, ambas son perfectamente refutables.

Desde un punto de vista objetivo es factible creer que la obtención de la licenciatura o grado en Historia es más sencillo que una de esas ingenierías de las que se rumorea que antes de que uno termine la carrera, en el mercado laboral se pelean las empresas para contratarte. Sin embargo, la realidad es que para aquellos que hemos tenido la osadía de estudiar alguna rama de humanidades, con la  mera licenciatura o grado, no es que tengamos sólo media carrera por hacer, es que apenas la hemos comenzado. Es posible que sea una de las carreras en las que el éxito final dependan más que en ninguna otra, de la actitud del estudiante frente a esa disciplina. De ahí que encuentre tan apropiado el lema de la USAL, pues refiriéndome a los valores anteriormente mencionados, lo que la naturaleza no te da, ninguna universidad, por prestigiosa que sea, te los va a proporcionar. Sin tener en cuenta, por supuesto, las posibilidades materiales y los obstáculos personales de cada uno. Dicho esto, no me quejo ni quejarme quiero, he tenido la suerte de estudiar y continúo estudiando en lo que más me apasiona.

El caso es que mientras pueda sigo en ello, poco a poco, y como consecuencia, el material, las ideas, los apuntes, los trabajos, los manuscritos y mecanoescritos, se van amontonando en mi despacho. ¿Tendré entre todo esta documentación algo que pueda interesarle a alguien más? Eso espero. Así pues, puestos a poner orden, mejor hacerlo de forma provechosa.

Acerca de ese ineludible deber al que más arriba hago referencia, quiero exponer que no hace mucho, en el transcurso de una entrevista de trabajo, llegados al punto en el que en mi currículum se habla de mis aficiones, donde naturalmente menciono la escritura, se me planteó la cuestión sobre si administro algún blog.

¡Válgame Dios! Me dije a mí mismo. De repente descubro que en plena era digital, hasta ahora no había conocimiento alguno de mi existencia en el ciberespacio, al menos no en forma reconocible, lo que hoy en día es casi lo mismo que no existir. Mal asunto, pensé. No obstante, como dice el refrán: «Nunca es tarde si la dicha es buena».

Ciertamente la posibilidad de crear un blog o bitácora es una idea que llevaba tiempo barruntando, no sólo con la intención de empezar a poner un poco de orden entre mis papeles y en mi cabeza, sino para compartir reflexiones e intentar realizar de alguna forma una aportación en Pro de la divulgación histórica. Ahora sé que además me puede ser útil – ¿por qué no? – para demostrar que, bien o mal, al menos escribo, existo en el ciberespacio y no me quedo atrás en el conocimiento y aprovechamiento de las nuevas tecnologías y las redes sociales.

Siempre he mantenido con firmeza que la finalidad suprema de todo proceso de aprendizaje es transmitir el conocimiento adquirido. De una forma u otra, todos hemos asimilado nociones sobre cualquier materia o habilidad, y compartir el saber, que es diferente a ostentar, estimula que la información fluya, crezca y se expanda. Todos nosotros, desde las primeras hachas de mano hasta la última generación de microprocesadores, desde las primeras pinturas rupestres hasta la fotografía digital, somos parte de ese proceso infinito de acumulación de saber y conocimiento, seamos o no conscientes de ello. Sin embargo, cuando uno toma consciencia de este hecho, a la fuerza se ha de sentir, en mayor o menor grado, comprometido con esta causa.

Las ideas, reflexiones, argumentaciones, tesis… y aportaciones propias, al ser tomadas por terceras personas, son susceptibles de ser criticadas, perfeccionadas, negadas, superadas, mejoradas… y siempre aprovechadas. En el aspecto negativo, también pueden ser tergiversadas, manipuladas, vulgarizadas, simplificadas, reducidas al absurdo y/o ridiculizadas, pero eso ya es otro tema.

Sólo divulgando, aportando y compartiendo, cerramos el círculo, o mejor dicho, completamos una vuelta en la espiral ascendente del conocimiento, aseguramos nuestra pervivencia, devolvemos el don que se nos ha entregado y contribuimos  con nuestro granito de arena,  uno de esos granitos  con los que la humanidad construye montañas.

Dedicado a todos aquellos osados que han tenido la valentía, la locura, la rebeldía o la inconsciencia de formarse en cualesquiera de las ramas existentes en humanidades, a esos chiflados que nadamos a contracorriente e hicimos nuestro el lema de «Homo sum, humani nihil a me alienum puto»,[i] ahí va este blog.

Joan López Gómez


[i] Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno. Expresión que aparece en la comedia «Heauton Timoroumenos» (El enemigo de sí mismo) escrita por Publio Terencio Africano en el año 165 a.C., pronunciada por el personaje Cremes para justificar su intromisión. El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno comienza el ensayo de su obra «Del sentimiento trágico de la vida» mencionando esta locución latina.
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Una respuesta a Sobre el blog y su autor

  1. Marjorie dijo:

    Estimado Joaquin, ante todo mis felicitaciones por tan excelente Blog, Estoy muy interesada en encontrar el mapa de Maracaibo que colocas en tu articulo del libro de exquemelin, pues la versión que yo tengo es similar mas no igual. se trata de la pag 178 de una versión en francés pero nunca había visto este, de todas las versiones con las que me he topado, ni el holandés ni el alemán. Estoy escribiendo mi tesis doctoral sobre el aporte arquitectonico y urbano del alto comercio en Maracaibo siglo XIX, pero me topo con algunas imágenes y planos de la ciudad anteriores que me serian de mucha utilidad para comprender el crecimiento y desarrollo urbano. Esperando tu pronta respuesta. Marjorie paez

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